miércoles, julio 07, 2010

Réquiem

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"No quiero hablar en clichés. No quiero usar las palabras de los que no saben jamás que decir y buscan consuelo en los libros de superación personal o en un calendario económico. Ignoro el por qué nos duelen tanto estas cosas. Ignoro si es un acto de empatía, de liberación, o es una más de esas manifestaciones atropocentristas a las que el humano se aferra. Nuestra gente se va y nosotros nos quedamos: a la expectativa, inciertos, anonadados. Quizá es eso: la muerte es una pregunta oculta cuya respuesta nos asusta. Pasamos la vida evadiendo esa terrible certidumbre (en el auto, en la calle, en la ducha, cuando hacemos el amor: tratando de olvidar lo único seguro que tenemos)..."

lunes, junio 28, 2010

Memoria virtual o biografía involuntaria

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De acuerdo con Sócrates -y este dato lo rescato de una lectura de anoche- el hombre es un ser racional, no porque todo lo que haga sea ético y sustentado por el buen juicio, sino porque puede analizar y razonar su proceder y el de su entorno. Así pues, esa capacidad se traduce en obsesión por novelas y teleseries de índole policíaca: desde investigaciones de homocidios en Las Vegas hasta la lucha intelectual por acertar un diagnóstico médico.
En ese afán de curiosidad intelectual -y quien no la tenga, goza de una vida muy pobre-, tan propia de estas teleseries y de los programas de chismes, uno puede adentrarse en la vida de los demás gracias al internet y, por supuesto, a las redes sociales. Datos relevantes, intereses, educación, fotografías, parientes: todo está ahí afuera como esperando ser leído.
Empero, esta memoria virtual resulta más llamativa aun si buscamos nuestros propios pasos. Cada palabra, cada status, cada aportación en ese mar de información supone un paso más en la línea del tiempo -suponiendo que el tiempo sea lineal-; supone un diálogo, un gesto, un apretón de manos, una llamada por teléfono, una ruptura, una sonrisa, un ceño fruncido.
Volver a nuestras palabras es indagar sobre nosotros mismos y los que nos rodean. Si yo digo algo en este momento, algo casual y aparentemente sin sentido, años después se hilará con la serie de eventos que terminarán por constituir mi historia, pues las palabras son así: aletargadas y misteriosas.
Yo recomiendo externar imágenes, palabras luminosas y concisas, como en la poesía -haikús, si se quiere-, para que al final del día (de la semana, del mes, de la vida), nuestra historia sea una serie de versos inconexos pero coherentes. Que la novela de nuestras vidas esté tejida por hojas de álamo o girasol, que sea un cuadro impresionista, una playa de cangrejos o los pliegues de una sonrisa.

martes, junio 22, 2010

Sobre trenes

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Hacía mucho no pensaba en trenes.
En su majestuosidad, en la ruptura que implican.
Más de una vez he deseado treparme a un tren en movimiento, subir por las escalerillas y arrinconarme en el fondo de un vagón. Imagino, por ejemplo, las noches, la luz de los postes que se encienden y apagan al unísono de las constante susu
rro del tren, la soledad, los paisajes, la lata de frijoles que nos han vendido los filmes estadounidenses con sus protagonistas de guantes sin dedos y gorros de lana.
Las imágenes más íntimas son las de aquellos vagabundos que se enfrentan al mundo desde un vagón enmohecido. No hay nada sino árboles que pasan rápido, como hechos de pinceladas furiosas, y una mirada perdida. La incertidumbre del destino se ve superada por la certidumbre de la interioridad. Es extraño cómo un búnker en movimiento puede darnos tanta paz. Quizá porque nos movemos, como la Tierra, sin salir de nuestro eje. Cosas extrañas de la física.
Tengo una imagen muy presente, que quizá, si el tiempo y las ganas me lo permiten, plasmaré en una imagen visual o escrita: una mujer come al pie de las vías del tren, la ciudad ha estado en cuarentena y ella ha salido porque ya no aguanta el exh
ilio. Roba sus alimentos de algún expendio abandonado y lo engulle con la voracidad de quien recae en los vicios. Todo es silencio hasta que un tren aparece en el horizonte. Un tren es más que un tren. Un tren es, de alguna manera, el restablecimiento de algo. Las buenas nuevas. El viaje. Las ganas de saber qué hay antes y después. Pero, sobre todo, la certidumbre de que el mundo es redondo y de que no estamos solos: por lo menos acompañamos secretamente al maquinista.

viernes, abril 16, 2010

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lunes, marzo 15, 2010

Una rápida posteada

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Estos días han sido bastante interesantes, llenos de altibajos de todo tipo, llenos de gente hermosa en más de un sentido, atiborrados de citas de películas y risas y cerveza a la una de la mañana.
Con toda la actividad, por fin puedo darme un tiempesito, un respiro para actualizar este lugar en el que prometí a inicios de año escribir por lo menos una vez a la semana.. o una vez al mes.
Así, pues, quisiera hablar de la fugacidad de las cosas, aprovechando que este texto será bastante breve:
Uno va a un concierto, a una película, a una obra de teatro, a un museo o a una cita con algún propsecto y la pasa bien. Sin embargo, por razones que aún no conocemos a ciencia cierta, pero que quizá se llamen vida diaria, no estamos ahí al cien por ciento. Y resulta que salimos de aquel lugar y pensamos que hubiera estado mejor si hubiera sabido esto o aquello, si no hubiera estado pensando en el trabajo o en lo que falta en mi alacena. Las distracciones, pues, se llevan momentos que no volveran. Pueden ser minutos, días o años. Una vida perdida por las distracciones autoimpuestas.
Y aun así, la memoria se encarga de darnos trazos felices. De rellenar los vacíos para que podamos vivir tranquilos.
No sé exactamente para qué escribo esto. Acaso me arrepienta después de las palabras usadas, pues tengo muchas cosas en la cabeza. Sólo sé que quería citar dos frases de dos personas distintas en circunstancias casi antagónicas: "¿No te pasa que a veces disfrutas más las cosas cuando terminan que cuando están sucediendo?" y la otra, más reciente, "A veces así pasa. Uno a veces no comprende cómo se mueven las cosas y lo que estuvo muy bien de repente termina sin razón aparente. La cosa es que al final todo resulta no tan mal".
Yo sigo buscando algo, con algunos arrepentimientos en el camino; arrepentimientos que las sorpresas de la vida aligeran.
Supongo, pues, que las cosas no son buenas ni malas. Las cosas sólo son.

jueves, enero 28, 2010

Zombieland o de cómo buscar y destruir el pasado

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Zombieland no es sólo otra película de zombies. Al final, los zombies son lo menos importante en la historia. Al menos, en principio. Si bien es cierto que en estos filmes la figura del zombie no posee un rostro definido como lo tienen otros subgéneros del horror, como sucede con Jason o Freddy, antihéroes con más peso que los mismos protagonistas, siempre aparecen como una amenaza latente, propensa a propagarse al menor descuido, ya sea en su versión clásica o en la más actual, más rápida y más furiosa.
Sin embargo, los zombies de Zombieland sirven de excusa para algo más (pero ¿cuándo no?) y podrían ser fácilmente sustituidos por una mancha voraz, tomates asesinos o un virus de computadora. Lo que verdaderamente importa en el filme son sus protagonistas: cuatro personas que de alguna manera forman el ideal de la familia norteamericana.
Fleischer enfatiza la orfandad de los estadounidenses a la menor provocación: el continuo vagar de personas, ni demasiado jóvenes ni demasiado viejas, se evidencia en los caminos vacíos -sin sangre ni zombies, sólo un camino sin fin aparente-, en los lamentos de los personajes masculinos quienes han perdido algo en un pasado incierto y lejano y el triste descaro que envuelve a estas dos mujeres que huyen desde, probablemente, el principio de los tiempos a base de estafas un tanto inocentes. La intención del director es hablar de la niñez y su búsqueda, mediante los recuerdos de un hijo perdido, un pastelillo de vainilla, un baile de graduación y, por supuesto, un parque de diversiones. Sin embargo, la dulce contradicción comienza con el sentimiento de autodestrucción y desapego que transmiten los protagonistas. Un desapego casi maquinal, robótico.
De entrada, el protagonista nos muestra sus reglas: una serie de pautas a seguir si se quiere sobrevivir en la Tierra de los Muertos Vivientes. La primera, por supuesto, es la condición física, que privilegia al cuerpo y las funciones motrices sobre cualquier otro aspecto, lo que recuerda el culto norteamericano a los deportes. Otra figura de adoración que se manifiesta es la de las armas, inherente, sobre todo, al estado de Texas. Así, los cuerpos cuasiperfectos (incluso para una niña), las armas, las botas y chamarras de cuero y las camionetas ostentosas conforman el ideal norteamericano.
Pero volvamos a la primera regla: de ella se infiere que las personas con sobrepeso fueron las primeras en morir, lo cual es un dato bastante curioso, dado el alto índice de obesidad registrado en Estados Unidos gracias a la comida rápida. Si tomamos esto en cuenta, es imposible dejar de relacionarlo con la causa del brote zombie: una hamburguesa infectada con la enfermedad de las vacas locas. Y he aquí otro aspecto importante: la infiltración.
Si hacemos memoria, la enfermedad de las vacas locas, tan mencionada en su tiempo como lo fueron la gripe aviar, la gripe porcina y el chupacabras en el suyo, vio la luz en el Reino Unido hace más de diez años. Así, una enfermedad extranjera viene a perturbar el orden nacional a través de uno de sus más preciados símbolos de identidad: la hamburguesa. El levantamiento de zombies, pues, comienza con una infiltración a las buenas costumbres y lo más sagrado: primero la comida, después las ciudades e, incluso, los ídolos cinematográficos. Todo, pues comienza a contaminarse y al final sólo quedan estos cuatro sobrevivientes, cinco considerando a Bill Murray.
¿Y por qué Bill Murray y no otro? Murray es uno de los iconos de los 80 que siguen vigentes en la industria del entretenimiento. Sus inicios en Saturday Night Live, su mítica interpretación como uno de Los Cazafantasmas y las decenas de películas cómicas, dramáticas y artísticas (sí, eso que los gringos llaman "películas de arte" y que se caracterizan por tomas fijas y muchos pero muchos silencios) constituyen otro pilar de la cultura norteamericana.
Uno esperaría la conservación de estos iconos pueriles e inocentes, su defensa a capa y espada. Sin embargo, permanece la tendencia a borrar el pasado, la autodestrucción que comienza en una tienda de artículos "nativo-americanos", verdaderas raíces de los Estados Unidos. Kimo Sabe's es el primer vestigio de una tautología del rechazo al pasado, a las raíces, a la historia. Dicho tratamiento continúa con el asesinato irrisorio de Bill Muray y termina, por supuesto, con la llegada al parque de diversiones. La supuesta ilusión que despierta el regreso a ese lugar mecánico-paradisíaco no es otra cosa sino una llamada condenatoria que se transforma en denuncia. No hay nada más ingenuo y maquiavélico que prender una fogata de noche en territorio enemigo. Ahora, lo que se suponía era el regreso a la infancia, es ahora caos y amenaza de los infectados que, si ponemos atención, son en su mayoría obesos, negros, pobres y latinos.
Así, pues, la verdadera familia norteamericana se constituye por personajes arios sin nombre: son estados, ciudades, números, propiedades de un gran monstruo territorial llamado USA. No necesitan otra cosa sino su integración, la confianza ciega, un odio exacerbado hacia el enemigo y, por supuesto, la similitud con máquinas asesinas que se ayudan de perdigones de plomo y enormes camionetas de última generación. God bless America.


jueves, enero 21, 2010

Estampita cinéfila

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Un jingle que se repite hasta el infinito. Poca gente en la sala (la mayoría: jóvenes que no tienen mucho que hacer entre semana). Las luces se apagan y los avances comienzan. El sonido mecánico de las palomitas y la soda de dieta. La película comienza, la gente murmura y los diálogos y acciones fluyen como un río o interminable solo de piano. Pero hay algo más, algo fuera de todo ello, algo que nos supera a los asistentes, a los actores, a los personajes, al montaje de diez horas y veinte hombres; algo muy por encima de los asientos vacíos o las risas de la tragedia en la trama: los hilos de luz. Como en un teatro de marionetas, es la luz y sus babas quienes dirigen la acción, quienes mueven el labio superior de Woody Harrelson para crear la ilusión de una sonrisa que se refleja en el rostro de los espectadores. Nada de eso es real. Todo es azaroso, todos manipulables. Unos lloran, otros cantan sin saber por qué, sin darse cuenta de que es la luz, esa sutil madeja, quien los mueve.
Acaso seamos protagonistas de un filme cuyas acciones son manejadas por un fino y ajeno hilo de luz. De otra manera, ¿por qué me siento tan triste?