miércoles, noviembre 25, 2009

Penélope

Una figura humanoide –no boca no ojos-, una imagen acústica que no logro discernir (puede ser una vieja canción o una conversación ya inconclusa), un cruce de calles parisinas que no he visto nunca (que no sé siquiera si existe) y una mujer barriendo son sinsentidos que me ocupan en los últimos días meses.

Ya antes ha pasado –tantos lo han visto- que las aparentes nimiedades me preocupan como si en verdad; que las obsesiones anormales -suponiendo que las haya normales- me provocan males irrisorios y pataletas mentales, que aprenderse una canción o dibujar ininterrumpidamente una mariposa que parece un parche que parece una caja abierta que parece una mariposa es más importante –más urgente- que levantarse temprano para desayunar con la familia o sacar los pendientes de la oficina. Pero detrás de la pueril obsesión, está la metafísica; en cada búsqueda de lo absurdo se encuentra una dialéctica esotérica que pretende ir más allá del objeto y la obsesión, que pretende encontrar el desorden lógico y preciso a la porquería burocrática de despertarse, lavarse los dientes, comer a las 3, volver a casa y besar a la mujer en la frente. Ya sabes, la búsqueda de la búsqueda; la obsesión por la obsesión por la obsesión por la obsesión de ir a la cama pensando engendros, caminar Guadalajara como si caminara un París desolado que hace extrañar Guadalajara, repetirse una y otra vez una palabra hueca hasta implotar su significado, Mandala-EmmetGolemsco-BillMunny; para luego la vigilia, la mano en la cabeza y las cosas regresan a la inutilidad de lo cotidiano, al balbuceo, a la nada.

Algo está ahí afuera –ahí dentro- que no queremos recordar (y es que Platón nunca se ha ido, pero tiende al olvido que provocan las máximas), y sé que conozco ese rostro zombi, ese cruce imposible, la voz que me llama; pero está el autobús que se va, el cambio exacto, el reporte para la próxima semana. Y mientras, en un momento de inusitada lucidez, veo a una mujer que barre la calle, sin recogedor, sin mucha suerte, con harto viento y muchas ganas, y pienso que soy esa mujer que barre a contraviento para no hacer lo que tiene que hacer, para alargar la espera, para no darse cuenta que ese rostro amorfo que la persigue como a un cerdo (que puede ser un lechón) está atrás de ella y si sigue ignorándolo con suerte desistirá de alcanzarla.

Dejémonos ya de seriedades, pues, de barrer para volver a barrer, de tejer y destejer y tejer. Abre los ojos y ve.

miércoles, noviembre 11, 2009

Instrucciones para comer solo

Comer es lo que nos separa de los animales. Habrá gente burda y poco instruida en las artes culinarias que aseguren que comer, entre otras funciones básicas, es precisamente lo que nos une a los animales; pero lo que ellos olvidan es que nuestra pomposa naturaleza humana de hacer de todo un ritual hace que el simple acto de comer no sea sólo el simple acto de comer: reunimos a la familia en la mesa, darle gracias a los dioses ((a) algunos, no (a) todos), saboreamos el festín, felicitar al chef, brindar por la ocasión especial, conversar sobre lo acaecido en el día, trinchar los camarones y no sorber la sopa, beber con el meñique alzado y hasta vestir con ropas que cubren los efectos del vino espumoso.
Empero, como en la siesta o en el sexo, hay que tomarse un tiempo de cuando en cuando para comer solo:
La calma es importante, aún si se está en un lugar público (aunque, como en la siesta o en el sexo, esto último no es muy recomendable). Si usted llega apurado a la cita consigo mismo, con pendientes en la cabeza, la degustación será equivalente a comer un emparedado pasado en el colectivo. Por ello, lo mejor es llegar sin pendientes, quizá examinar antes y reconocer el lugar donde pretende llevarse a cabo la acción, para asegurarnos que nadie llegará a irrumpir nuestra intimidad.
Una vez localizada nuestra zona de confort-gourmet, se procede a desempacar la comida. Puede ser, por supuesto, que ésta sea producto del local que hayamos elegido. Sin embargo, es preferible interactuar con los alimentos que nosotros mismos -o nuestros más allegados- hayamos preparado ese día temprano o la noche anterior, pues no hay nada más grato que hacer de nosotros lo que manos queridas han elaborado.
Así pues, ya ubicados en nuestro lugar feliz, se procede a la degustación de alimentos. Nótese que el acto no sólo implica la ingesta. Por el contrario, pareciera que conforme el sistema digestivo comienza el proceso, así también el deambular mental. Mientras se engulle el bocado, de igual manera se recrean distintas imágenes del día y se termina por visualizar, de alguna manera, el hilo negro de algo que nunca recordaremos. A cada mordisco, a cada bocado, una nueva imagen se saboreará: nada se escapa a la sabiduría de la comida, cada sabor tiene un recuerdo distinto.
Si hemos hemos llevado a cabo este proceso de manera satisfactoria, el último bocado tendrá algo de melancólico, algo de última página del diario. Sí, sabíamos que acabaría -porque hay que volver al trabajo y a las 3 de la tarde-, pero este último trozo de refrigerio será único en su clase, habrá algo de amada en él; tendrá un olor incluso distinto, como de maple al final del otoño. Si llegamos, entonces, a sonreirle, e incluso a hablarle, sabremos que hemos llegado a intimar con los alimentos, a hacer de la comida más que una comida. Sabremos -aunque en realidad se nos olvide- que la soledad no está tan mal; que se aprende tanto de uno mismo cuando se come solo, igual que cuando se duerme o se hace el amor de la misma manera.


lunes, junio 01, 2009

3 maneras para ser reconocido como poeta (o artista en general)

Ok. Como algunos de ustedes ya sabrán, en los últimos días mi cerebro no ha logrado procesar información concreta, clara y precisa, por lo que la lectura de cualquier tipo de prosa (ficción o no) me resulta ilegible. Por tanto, he decidido caer en ese arte tan inútil y tan menospreciado que es la poesía.
Sin embargo, en lo que se refiere a la poesía hispanoamericana (por no hablar sólo de la mexicana), los poetas parecen verdaderamente comprometidos con su oficio, a tal grado que parecieran querer borrarse de la realidad a toda costa.
Por ello, me permito estas líneas. Tal parece que, para poder ponerse la etiqueta de poeta, uno debería pertenecer a los 3 grandes gremios de éstos. De manera que, a continuación, de acuerdo a un riguroso análisis, producto de un trabajo de campo que involucró muchos libros en oferta, amigos testarudos, ríos de cerveza y alitas de pollo; la clasificación de los tres tipos de poetas para ser poeta sería más o menos así:

3. Los neorrománticos.
Que no son otros que los románticos lastimeros de siempre, esos que se cortan las venas con tinta indeleble y sueñan todo el día con la musa que terminará con sus penas. Sus temas son básicamente dos: la amada y la muerte. Su estilo, uno: el anacrónico; es decir, el mismo, prácticamente, que se viene usando desde el siglo XIX, cuando era novedoso hablar de los labios de rubí, de las estrellas en los ojos y de cómo la luna, ay, la luna, será el secreto testigo de mi amor aún más secreto. Cómo lloran, cómo sufren, pues, los poetas incomprendidos, pobres almas en desgracia, porque, además, su arte no es publicado. Son artistas incomprendido, pues. Como todos nosotros cuando teníamos 17.
Ya el tiempo les dará la razón.
Nótese la rima perfecta, tal como nos la enseñaron en la primaria.

2. Los neosimbolistas/surrealistas/arabescos.
La herencia ultraísta que se multiplica a la enésima potencia, como torbellinos que giran sin par para dar la luz a la rosa que emerge de los labios de un espejo roto (?). Si alguno de ustedes, amables lectores, pensó que esta metáfora fue bella y espectacular, debo felicitarle, ya que ni yo sé qué diablos quise decir. Y ésa es precisamente la cuestión con estos autores: su gran capacidad de administrar imágenes y palabras, unas seguidas de otras, dan la sensación de un mundo nuevo, lleno de movimiento, olores y sabores, y, sobre todo, pero muy por encima de todo, de caos. Pareciera que mientras más caóticos y crípticos son los poemas, más dignos de admiración son. Más "poéticos", vaya. Su estilo: la rememoración y exageración del estilo gongorino: las metáforas como si no hubiera mañana. Sus temas: eh... la verdad, es difícil saberlo, pero digamos, por qué no, el erotismo y la fragilidad de la vida.
Veamos: caballo... hombre.. Jesús en versión Dummy... azul... sí, ya entiendo.

1. Los radicales/modernos.
Con más cualidades para la sátira política que el mismo Rius, estos jóvenes subversivos elaboran sus poesías como piedras para cualquier cosa con la que no estén de acuerdo. Efectivamente, el arte, se supone, debe ser un modo de "reacción contra el sistema", contra todo aquello que intente controlarnos, para decirnos que hay algo más que el jodido día-a-día. Por ello, es importante jugar al Dadá o, mejor aún, al Beatnik para que nos tomen en cuenta, aunque sea sólo porque en nuestros versos escribamos palabras como "culo" "nalga" "verga" "pendejo" o lo que usted podría encontrar escrito en las puertas de los baños del Estadio Azteca. Su estilo: utilizar la mayor cantidad de altisonancias para que se vea que somos gente del pueblo, que la poesía es del pueblo; eso sí, cuidando que todo esté en forma de verso, para que en verdad sea poesía. Sus temas: básicamente la modernidad: el sexo, coger, los viajes (de estos y de los otros) y cuán puta jodida está la pinchi vida en estos tiempos tan cabrones. Si quiere ser de éstos, su libro o poema debería llamarse: Puto el que lo lea.

Sí... creo que alcanzo a leer "Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón".

Empero, los tres clasificaciones pueden ir de un lugar a otro y mezclarse, confundirse para hacer una poesía y, en general, un arte "más original". Lo que sí no debe olvidar es, en algún poema que haya escrito, el de su preferencia, quizá, el que crea que le valdrá el Nobel o la posteridad, llamarse a sí mismo "poeta" mientras habla de los pechos de la amada, de la muerte que le vendrá, que le vino o que puede que le venga a usted o alguien más, y, en el último de los casos, mi favorito: hablar de la poesía. Este tema le dará infinidad de recursos para sonar muy poético.
Es importante creérsela, vaya; porque, si nosotros no nos la creemos, ¿entonces quién?

jueves, abril 09, 2009

"I realized it was comedy"


Existen tres tipos de personas: los que ven películas, los que hacen películas y los que son películas. Los primeros son aquellos que compran palomitas, chocolates y sodas light en las dulcerías de los cines, buscan un buen asiento, pasan dos horas pensando en la mejor posición para disfrutar la función y al final tienen algo para platicar en casa o, en el mejor de los casos, para reflexionar por uno o dos días.
Los segundos, los que hacen películas, por lo menos en su cabeza, son aquellos detectores de mentiras en la realidad. Quizá, mejor dicho, reveladores de momentos, de instantáneas oportunas y afortunadas, dentro del gran muro de yeso e imperceptibles grumos que es la vida. Son los que por segundos se detienen a mirar el paisaje y ven de reojo a la persona en la esquina inferior del cuadro, que ve absorto algo que no está, que quizá no es. Son, pues, los cronistas, los historiadores, los narradores, los que dejan el testimonio. Los senadores de Platón.
Los últimos, aquellos que son películas, son los bichos raros de la vida. Son estos los que miran a la nada, como queriendo encontrarse. Son estos los que viven una vida llena coincidencias y hechos cuya belleza ni siquiera llegan a notar. Los que son películas viven la vida ajenos a sí mismos, inconscientes de la belleza que irradian, posados simiescamente, ebrios de palabras y vino de hierbas, fragmentados en una boca apretada al llorar, pegados al muro para ver las pequeñas grietas, absortos en una pintura que ellos mismos quisieran ser o amando un amor libre (que es más que amor).

Ignoro en dónde catalogarme. Sé quién es quién y tengo la ligera sospecha de que se pueden ser las tres personas al mismo tiempo.
Qué envidia el castigo de ser película, el talento de hacerlas o la levedad para sólo verlas.
En todo caso, si fuese película, espero me pase lo que a jason Segel en Forgetting Sarah Marshall y me dé cuenta a tiempo de que mi drama "en realidad era una comedia".

jueves, marzo 26, 2009

Sobre la otra naturaleza muerta

He decidido, finalmente, quedarme esta noche en casa a escribir algo en este ya olvidado blog, en lugar de salir a la calle a tomar alguna cervecita, algún vinillo añejo o a visitar a la familia. La razón de lo anterior no radica en que quiera cambiar mis hábitos lúdicos o de entretenimiento. El verdadero motivo es que estoy un poco asustado: he visto varias películas de zombies a lo largo de la semana. Así pues, cualquier sonido detrás de mí al dar un paseo: unos pasos, un perro hambriento, una bolsa que se mueve al compás del viento o la melodía del Z Gas: todo me provoca escalofríos.

No seré el primero ni el último al que el cine de zombies le produzca una secreta morbosidad. No seré pionero en decir que la claustrofobia y desesperación que emanan estos seres (que ya no son) invitan a la reflexión de los miedos humanos: el desmembramiento, el canibalismo, la idiotez, las secuelas nucleares, el fin del mundo...
Sea como sea, el miedo parte, para variar, de lo desconocido. Puede que un virus, un satélite que se estrelló en las costas de una isla remota, el castigo de Dios, un mal hechizo voodoo o la radiación al más puro estilo gidzzilliano, hayan desatado la masacre. Empero, no hay nada que pueda comprobarse. ¿Cómo detener algo si ni siquiera sabemos cómo ha comenzado? Peor aún, ¿cómo conocer su génesis, si estamos tan ocupados postergando lo importante por atender lo urgente (siendo esto último, por supuesto, el mantener alejadas las mandíbulas no-muertas de nuestra palpitante pielesita). El problema del hombre -quizá no sólo en las películas de zombies- es su ajetreada carrera por la supervivencia, la cual limita su espacio informativo a los medios emergentes de comunicación. Las opciones, pues, no son muchas: sólo el breaking news y su ya famoso "interrumpimos este programa...".
Y, ¿qué después del despertar de los zombies? ¿Qué hacer cuando decenas de cientos de miles de muertos vivientes se aproximan lenta o velozmente (depende de la cinta) hacia nosotros? La mass media nos aconseja "dispárenles en la cabeza o aplástenles el cerebro". Pero ¿cómo detener con algunos disparos las hordas de resucitados que parecen reproducirse con la facilidad de los gremlins, o de las cabezas de la Hidra? Supongamos que nos abrimos paso entre los muertos-que-caminan, a punta de golpes, martillazos o balazos. Algún día las municiones se acabarán. Algún día nos cansaremos de asesinar a quien busca, sin razón aparente, devorarnos vivos. Algún día olvidaremos la razón de la pelea, perderemos de vista el gran objetivo de restablecer el orden y nos dejaremos arrastrar por el aún más grande instito de supervivencia. Empero, ya para entonces seremos tan pocos que los zombies nos consumirán, y todo terminará, quizá, como Richard Matheson lo planteó en I am legend. Quizá sólo el principio Deus ex machina podrá acabar con todo mal, como el despertar de un mal sueño.
Quizá no. Quizá, sólo terminará.

miércoles, febrero 18, 2009

Y los sueños... ¿sueños son?

a ti

Los antiguos creían que, bajo el influjo de ciertas sustancias, el oráculo podía ver en la inconciencia augurios del futuro y verdades del pasado. De igual manera, cuando las personas dormían, Hipnos, dios del sueño, hermano gemelo de la muerte no violenta (Tánatos), hermano de las muertes violentas (Keres), las diosas del destino (Moiras) e hijo de Caos, poseía sus conciencias veladas por el ensueño y la noche, receptoras de la oscuridad de la muerte y el caos.
Más adelante, Calderón de la Barca, por medio de Segismundo, cuestionaria a la realidad de la realidad "pues estamos en mundo tan singular, que el vivir es el soñar" y si el rey sueña que es rey es porque el viento escribe en el gran libro que es la idea de la vida.
Tiempo después, Freud aseveraría que los sueños no son más que mensajes del subconsciente delatándonos nuestros miedos y deseos, aspiraciones y temores.
Yo sueño cosas raras. Sueño con historias inconexas. Sueño con puertas que se comen y padres que son vampiros. Sueño con mujeres exóticas que nunca he visto pero sé que conozco. Sueño a la par que otra persona: una cámara que toma imágenes nítidas de algo que no está, pero que se resuelve en 12 MP. Sueño con una plática con una amiga en un parque del DF con una blusa que usó el día anterior y de la cual no tenía noticia. Sueño con un corte de cabello en España en la cabeza de una bella mujer.
Sueño tantas cosas: contigo, conmigo, con aquellos que son, que están y que se han ido. Por ello me resisto a creer que los sueños son sólo mensajes del subconciente. Somos lo que soñamos: yo soy un cuarto de espejo donde soy todos y ninguno.

viernes, diciembre 26, 2008

GDL 2008

Hay días en que la ciudad amanece bella. El cielo, en parte nublado, en parte soleado (esa tonalidad clara de un alegre gris); las calles interrumpidas en su infinidad por alguno que otro automóvil; los peatones que circulan sin pena por las casi vacías banquetas; el aire que se mueve sin prisa: todo ello producto de las fechas en que todos huyen con familiares o se refugian entre las sábanas después de días enteros de arduo festejo. Así es sencillo reencontrarse con los amigos y compartir un café o una cerveza, charlar durante horas sobre lo acaecido en el año, lo bueno y lo malo; así es sencillo tomar una calle sin rumbo y recorrerla como si supiéramos que algo extraordinario nos depara al doblar la esquina; tomar un libro y leer a la gente sobre el papel en la banca o café de preferencia sin las prisas del trabajo o el consumo mínimo.

Hay días, pues, en que uno se siente feliz en esta ciudad; y sin embargo, hay otros en que la ciudad amanece horrible. Hay días en que la ciudad parece más sucia, más sofocada, donde los carros parecieran desbordarse en las calles como río caudaloso e indomable, donde el ceño de las personas es petríficamente fruncido por la atmosfera viciada de un olor raro, como a guardado, un sutil aroma a cloaca abierta.

Y quizá no está tan mal. Las personas hacen la ciudad y la perspectiva de cada quién contribuye a pintar una pared de esta gran metrópoli. Quizá es el estado de ánimo. Quizá es el estrés laboral y profesional, o la incertidumbre del qué será de nosotros. Quizá son las personas que extrañamos, que están y no están. ¿Cuándo volveremos a verlas para que esta ciudad recupere su belleza?