martes, junio 22, 2010

Sobre trenes


Hacía mucho no pensaba en trenes.
En su majestuosidad, en la ruptura que implican.
Más de una vez he deseado treparme a un tren en movimiento, subir por las escalerillas y arrinconarme en el fondo de un vagón. Imagino, por ejemplo, las noches, la luz de los postes que se encienden y apagan al unísono de las constante susu
rro del tren, la soledad, los paisajes, la lata de frijoles que nos han vendido los filmes estadounidenses con sus protagonistas de guantes sin dedos y gorros de lana.
Las imágenes más íntimas son las de aquellos vagabundos que se enfrentan al mundo desde un vagón enmohecido. No hay nada sino árboles que pasan rápido, como hechos de pinceladas furiosas, y una mirada perdida. La incertidumbre del destino se ve superada por la certidumbre de la interioridad. Es extraño cómo un búnker en movimiento puede darnos tanta paz. Quizá porque nos movemos, como la Tierra, sin salir de nuestro eje. Cosas extrañas de la física.
Tengo una imagen muy presente, que quizá, si el tiempo y las ganas me lo permiten, plasmaré en una imagen visual o escrita: una mujer come al pie de las vías del tren, la ciudad ha estado en cuarentena y ella ha salido porque ya no aguanta el exh
ilio. Roba sus alimentos de algún expendio abandonado y lo engulle con la voracidad de quien recae en los vicios. Todo es silencio hasta que un tren aparece en el horizonte. Un tren es más que un tren. Un tren es, de alguna manera, el restablecimiento de algo. Las buenas nuevas. El viaje. Las ganas de saber qué hay antes y después. Pero, sobre todo, la certidumbre de que el mundo es redondo y de que no estamos solos: por lo menos acompañamos secretamente al maquinista.

1 comentarios:

Cinthya dijo...

Sí, anda, súbete al tren. Con suerte, en el cambio de andén, el siguiente sea el transiberiano. :)