lunes, junio 28, 2010

Memoria virtual o biografía involuntaria


De acuerdo con Sócrates -y este dato lo rescato de una lectura de anoche- el hombre es un ser racional, no porque todo lo que haga sea ético y sustentado por el buen juicio, sino porque puede analizar y razonar su proceder y el de su entorno. Así pues, esa capacidad se traduce en obsesión por novelas y teleseries de índole policíaca: desde investigaciones de homocidios en Las Vegas hasta la lucha intelectual por acertar un diagnóstico médico.
En ese afán de curiosidad intelectual -y quien no la tenga, goza de una vida muy pobre-, tan propia de estas teleseries y de los programas de chismes, uno puede adentrarse en la vida de los demás gracias al internet y, por supuesto, a las redes sociales. Datos relevantes, intereses, educación, fotografías, parientes: todo está ahí afuera como esperando ser leído.
Empero, esta memoria virtual resulta más llamativa aun si buscamos nuestros propios pasos. Cada palabra, cada status, cada aportación en ese mar de información supone un paso más en la línea del tiempo -suponiendo que el tiempo sea lineal-; supone un diálogo, un gesto, un apretón de manos, una llamada por teléfono, una ruptura, una sonrisa, un ceño fruncido.
Volver a nuestras palabras es indagar sobre nosotros mismos y los que nos rodean. Si yo digo algo en este momento, algo casual y aparentemente sin sentido, años después se hilará con la serie de eventos que terminarán por constituir mi historia, pues las palabras son así: aletargadas y misteriosas.
Yo recomiendo externar imágenes, palabras luminosas y concisas, como en la poesía -haikús, si se quiere-, para que al final del día (de la semana, del mes, de la vida), nuestra historia sea una serie de versos inconexos pero coherentes. Que la novela de nuestras vidas esté tejida por hojas de álamo o girasol, que sea un cuadro impresionista, una playa de cangrejos o los pliegues de una sonrisa.

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