Zombieland no es sólo otra película de zombies. Al final, los zombies son lo menos importante en la historia. Al menos, en principio. Si bien es cierto que en estos filmes la figura del zombie no posee un rostro definido como lo tienen otros subgéneros del horror, como sucede con Jason o Freddy, antihéroes con más peso que los mismos protagonistas, siempre aparecen como una amenaza latente, propensa a propagarse al menor descuido, ya sea en su versión clásica o en la más actual, más rápida y más furiosa.
Sin embargo, los zombies de Zombieland sirven de excusa para algo más (pero ¿cuándo no?) y podrían ser fácilmente sustituidos por una mancha voraz, tomates asesinos o un virus de computadora. Lo que verdaderamente importa en el filme son sus protagonistas: cuatro personas que de alguna manera forman el ideal de la familia norteamericana.
Fleischer enfatiza la orfandad de los estadounidenses a la menor provocación: el continuo vagar de personas, ni demasiado jóvenes ni demasiado viejas, se evidencia en los caminos vacíos -sin sangre ni zombies, sólo un camino sin fin aparente-, en los lamentos de los personajes masculinos quienes han perdido algo en un pasado incierto y lejano y el triste descaro que envuelve a estas dos mujeres que huyen desde, probablemente, el principio de los tiempos a base de estafas un tanto inocentes. La intención del director es hablar de la niñez y su búsqueda, mediante los recuerdos de un hijo perdido, un pastelillo de vainilla, un baile de graduación y, por supuesto, un parque de diversiones. Sin embargo, la dulce contradicción comienza con el sentimiento de autodestrucción y desapego que transmiten los protagonistas. Un desapego casi maquinal, robótico.
De entrada, el protagonista nos muestra sus reglas: una serie de pautas a seguir si se quiere sobrevivir en la Tierra de los Muertos Vivientes. La primera, por supuesto, es la condición física, que privilegia al cuerpo y las funciones motrices sobre cualquier otro aspecto, lo que recuerda el culto norteamericano a los deportes. Otra figura de adoración que se manifiesta es la de las armas, inherente, sobre todo, al estado de Texas. Así, los cuerpos cuasiperfectos (incluso para una niña), las armas, las botas y chamarras de cuero y las camionetas ostentosas conforman el ideal norteamericano.
Pero volvamos a la primera regla: de ella se infiere que las personas con sobrepeso fueron las primeras en morir, lo cual es un dato bastante curioso, dado el alto índice de obesidad registrado en Estados Unidos gracias a la comida rápida. Si tomamos esto en cuenta, es imposible dejar de relacionarlo con la causa del brote zombie: una hamburguesa infectada con la enfermedad de las vacas locas. Y he aquí otro aspecto importante: la infiltración.
Si hacemos memoria, la enfermedad de las vacas locas, tan mencionada en su tiempo como lo fueron la gripe aviar, la gripe porcina y el chupacabras en el suyo, vio la luz en el Reino Unido hace más de diez años. Así, una enfermedad extranjera viene a perturbar el orden nacional a través de uno de sus más preciados símbolos de identidad: la hamburguesa. El levantamiento de zombies, pues, comienza con una infiltración a las buenas costumbres y lo más sagrado: primero la comida, después las ciudades e, incluso, los ídolos cinematográficos. Todo, pues comienza a contaminarse y al final sólo quedan estos cuatro sobrevivientes, cinco considerando a Bill Murray.
Así, pues, la verdadera familia norteamericana se constituye por personajes arios sin nombre: son estados, ciudades, números, propiedades de un gran monstruo territorial llamado USA. No necesitan otra cosa sino su integración, la confianza ciega, un odio exacerbado hacia el enemigo y, por supuesto, la similitud con máquinas asesinas que se ayudan de perdigones de plomo y enormes camionetas de última generación. God bless America.
Sin embargo, los zombies de Zombieland sirven de excusa para algo más (pero ¿cuándo no?) y podrían ser fácilmente sustituidos por una mancha voraz, tomates asesinos o un virus de computadora. Lo que verdaderamente importa en el filme son sus protagonistas: cuatro personas que de alguna manera forman el ideal de la familia norteamericana.

Fleischer enfatiza la orfandad de los estadounidenses a la menor provocación: el continuo vagar de personas, ni demasiado jóvenes ni demasiado viejas, se evidencia en los caminos vacíos -sin sangre ni zombies, sólo un camino sin fin aparente-, en los lamentos de los personajes masculinos quienes han perdido algo en un pasado incierto y lejano y el triste descaro que envuelve a estas dos mujeres que huyen desde, probablemente, el principio de los tiempos a base de estafas un tanto inocentes. La intención del director es hablar de la niñez y su búsqueda, mediante los recuerdos de un hijo perdido, un pastelillo de vainilla, un baile de graduación y, por supuesto, un parque de diversiones. Sin embargo, la dulce contradicción comienza con el sentimiento de autodestrucción y desapego que transmiten los protagonistas. Un desapego casi maquinal, robótico.
De entrada, el protagonista nos muestra sus reglas: una serie de pautas a seguir si se quiere sobrevivir en la Tierra de los Muertos Vivientes. La primera, por supuesto, es la condición física, que privilegia al cuerpo y las funciones motrices sobre cualquier otro aspecto, lo que recuerda el culto norteamericano a los deportes. Otra figura de adoración que se manifiesta es la de las armas, inherente, sobre todo, al estado de Texas. Así, los cuerpos cuasiperfectos (incluso para una niña), las armas, las botas y chamarras de cuero y las camionetas ostentosas conforman el ideal norteamericano.
Pero volvamos a la primera regla: de ella se infiere que las personas con sobrepeso fueron las primeras en morir, lo cual es un dato bastante curioso, dado el alto índice de obesidad registrado en Estados Unidos gracias a la comida rápida. Si tomamos esto en cuenta, es imposible dejar de relacionarlo con la causa del brote zombie: una hamburguesa infectada con la enfermedad de las vacas locas. Y he aquí otro aspecto importante: la infiltración.
Si hacemos memoria, la enfermedad de las vacas locas, tan mencionada en su tiempo como lo fueron la gripe aviar, la gripe porcina y el chupacabras en el suyo, vio la luz en el Reino Unido hace más de diez años. Así, una enfermedad extranjera viene a perturbar el orden nacional a través de uno de sus más preciados símbolos de identidad: la hamburguesa. El levantamiento de zombies, pues, comienza con una infiltración a las buenas costumbres y lo más sagrado: primero la comida, después las ciudades e, incluso, los ídolos cinematográficos. Todo, pues comienza a contaminarse y al final sólo quedan estos cuatro sobrevivientes, cinco considerando a Bill Murray.
¿Y por q
ué Bill Murray y no otro? Murray es uno de los iconos de los 80 que siguen vigentes en la industria del entretenimiento. Sus inicios en Saturday Night Live, su mítica interpretación como uno de Los Cazafantasmas y las decenas de películas cómicas, dramáticas y artísticas (sí, eso que los gringos llaman "películas de arte" y que se caracterizan por tomas fijas y muchos pero muchos silencios) constituyen otro pilar de la cultura norteamericana.
Uno esperaría la conservación de estos iconos pueriles e inocentes, su defensa a capa y espada. Sin embargo, permanece la tendencia a borrar el pasado, la autodestrucción que comienza en una tienda de artículos "nativo-americanos", verdaderas raíces de los Estados Unidos. Kimo Sabe's es el primer vestigio de una tautología del rechazo al pasado, a las raíces, a la historia. Dicho tratamiento continúa con el asesinato irrisorio de Bill Muray y termina, por supuesto, con la llegada al parque de diversiones. La supuesta ilusión que despierta el regreso a ese lugar mecánico-paradisíaco no es otra cosa sino una llamada condenatoria que se transforma en denuncia. No hay nada más ingenuo y maquiavélico que prender una fogata de noche en territorio enemigo. Ahora, lo que se suponía era el regreso a la infancia, es ahora caos y amenaza de los infectados que, si ponemos atención, son en su mayoría obesos, negros, pobres y latinos.
ué Bill Murray y no otro? Murray es uno de los iconos de los 80 que siguen vigentes en la industria del entretenimiento. Sus inicios en Saturday Night Live, su mítica interpretación como uno de Los Cazafantasmas y las decenas de películas cómicas, dramáticas y artísticas (sí, eso que los gringos llaman "películas de arte" y que se caracterizan por tomas fijas y muchos pero muchos silencios) constituyen otro pilar de la cultura norteamericana.Así, pues, la verdadera familia norteamericana se constituye por personajes arios sin nombre: son estados, ciudades, números, propiedades de un gran monstruo territorial llamado USA. No necesitan otra cosa sino su integración, la confianza ciega, un odio exacerbado hacia el enemigo y, por supuesto, la similitud con máquinas asesinas que se ayudan de perdigones de plomo y enormes camionetas de última generación. God bless America.









2 comentarios:
Muy bien, Nuño!
Tu sabes que soy tu lector, aunque no siempre aparezcan comentarios en esta maquina que devora hombres y defeca locos, y aunque admito tu gran sentido crítico, sólo debo decirte una cosa...
No te metas con Wichita :)
oh, pero yo daría todo por meterme con Wichita, if you know what I'm saying---
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