Cada año que pasa es una noche pensada por Buñuel o Ibáñez, en donde vamos de un lado a otro con vasos de whisky o agua quina en una mano, una serpentina en la otra, una camisa formal que se va arrugando y un auto sardina que recorre la ciudad con música y risas y libros y más de alguna luz roja pasada por alto. Y puede ser que hayamos llegado a una fiesta de la que resultó imposible (impensable) salir por la noción de una amenaza tras la puerta principal, y que es mejor quitarnos el sombrero para permanecer con las personas y las cosas de esa gran casa desconocida, conversar, subir y bajar una y otra vez por las mismas escaleras hasta que la fuerza de la costumbre nos haga creer que conocemos el camino a la cocina, cuando quizá había una puerta trasera o una mancha en el piso. Es, pues, una de esas fiestas maratónicas en las que uno comienza con la mano derecha metida en la bolsa del pantalón mientras con la siniestra, en un tono de falsa calma e intelectualidad, se sostiene un martini, pero donde pasadas las horas, el tequila, las canciones, las pláticas sobre la metafísica del patetismo y las interacciones sociales (en algún momento todo mundo conoce a todo mundo) se termina demasiado borracho o en la cama con alguna desconocida o se opta por salir por la ventana a buscar otras fiestas o la calma de la noche porque el aire se ha viciado a piel sudada y cerveza caliente y uno sufre de claustrofobia.
Y si se logra salir (bienaventurados los que logran sentir la noche), incluso só
lo a caminar por la azotea, entonces la memoria puede recorrerse lentamente mientras se llevan las manos a las bolsas del saco o a la cintura de una bella compañía, sin más motivo que el de andar sobre nuestros pasos y pensarlos en voz alta; y entonces se infiere que en realidad las cosas no están tan mal, que uno ha estado sentado en el mismo mueble por años pero que no es razón para no cambiarse de asiento, o venderlo o decorarlo con estampitas de la segunda guerra mundial y figurines de Marvel, que algunas personas con las que se mantuvo alguna conversación o un cruce de miradas jamás van a saber que preferimos el frío o que nos entristece el gesto del Dante de Scheffer, mientras que otras son demasiado buenas, demasiado benéficas, como para (no) decírselo y no arruinar con palabras y silencios eso que llaman amor o amistad o cosquillas en el paladar.
Y entonces sucede que el recuento de los daños se transforma en una suerte de lista de pendientes, de ToDos en agradecimientos y reparación de goteras en la casa para que la fiesta del año que empieza sea mejor que la anterior, para que el viaje por la ciudad en el taxi sardina esté llena de mejores canciones, de nuevos destinos, de esa poesía involuntaria de la que uno se da cuenta hasta que alguien más lo señala o el ensueño nos muestra cuando se está solo antes de dormir.
Que sea éste, pues, un mejor año para todos y que todos nosotros, uvas de media noche, nos concretemos en sabiduría, sonrisas y eso que buscamos y que no sabemos qué es.
Y si se logra salir (bienaventurados los que logran sentir la noche), incluso só
lo a caminar por la azotea, entonces la memoria puede recorrerse lentamente mientras se llevan las manos a las bolsas del saco o a la cintura de una bella compañía, sin más motivo que el de andar sobre nuestros pasos y pensarlos en voz alta; y entonces se infiere que en realidad las cosas no están tan mal, que uno ha estado sentado en el mismo mueble por años pero que no es razón para no cambiarse de asiento, o venderlo o decorarlo con estampitas de la segunda guerra mundial y figurines de Marvel, que algunas personas con las que se mantuvo alguna conversación o un cruce de miradas jamás van a saber que preferimos el frío o que nos entristece el gesto del Dante de Scheffer, mientras que otras son demasiado buenas, demasiado benéficas, como para (no) decírselo y no arruinar con palabras y silencios eso que llaman amor o amistad o cosquillas en el paladar.Y entonces sucede que el recuento de los daños se transforma en una suerte de lista de pendientes, de ToDos en agradecimientos y reparación de goteras en la casa para que la fiesta del año que empieza sea mejor que la anterior, para que el viaje por la ciudad en el taxi sardina esté llena de mejores canciones, de nuevos destinos, de esa poesía involuntaria de la que uno se da cuenta hasta que alguien más lo señala o el ensueño nos muestra cuando se está solo antes de dormir.
Que sea éste, pues, un mejor año para todos y que todos nosotros, uvas de media noche, nos concretemos en sabiduría, sonrisas y eso que buscamos y que no sabemos qué es.









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