Un jingle que se repite hasta el infinito. Poca gente en la sala (la mayoría: jóvenes que no tienen mucho que hacer entre semana). Las luces se apagan y los avances comienzan. El sonido mecánico de las palomitas y la soda de dieta. La película comienza, la gente murmura y los diálogos y acciones fluyen como un río o interminable solo de piano. Pero hay algo más, algo fuera de todo ello, algo que nos supera a los asistentes, a los actores, a los personajes, al montaje de diez horas y veinte hombres; algo muy por encima de los asientos vacíos o las risas de la tragedia en la trama: los hilos de luz. Como en un teatro de marionetas, es la luz y sus babas quienes dirigen la acción, quienes mueven el labio superior de Woody Harrelson para crear la ilusión de una sonrisa que se refleja en el rostro de los espectadores. Nada de eso es real. Todo es azaroso, todos manipulables. Unos lloran, otros cantan sin saber por qué, sin darse cuenta de que es la luz, esa sutil madeja, quien los mueve.
jueves, enero 21, 2010
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